México: el país de los negocios sin crédito.

Autor: Gerardo Garza Castilla

En México, apenas una minoría de unidades económicas obtiene financiamiento para operar. Coahuila aparece entre los estados donde más pesa la banca, pero el dato nacional revela una economía que todavía crece, resiste y sobrevive por fuera del crédito formal.

En México, la mayoría de los negocios no se financia en bancos.

La mayoría ni siquiera se financia con crédito de ningún tipo.

No hablamos solo de préstamos bancarios. Hablamos también de cajas populares, proveedores, familiares, amistades, socios, gobierno, prestamistas, casas de empeño, FinTech u otras fuentes de financiamiento.

La información más reciente disponible, publicada en 2025 por el INEGI, muestra una de las paradojas centrales de la economía mexicana: el país tiene millones de negocios, pero muy pocos acceden a financiamiento para operar.

De acuerdo con los Censos Económicos 2024, que describen la actividad económica de los establecimientos durante 2023, apenas 10.8% de las unidades económicas obtuvo crédito o financiamiento para su operación.

Dicho de otra forma: casi nueve de cada diez unidades económicas no reportaron haber recibido financiamiento de ningún tipo, ni bancario ni alternativo, para sostener su operación.

Ese dato cambia la conversación.

El problema no es solamente que los negocios mexicanos usen poco crédito bancario. Es más profundo: la mayoría opera fuera del financiamiento externo. Para millones de unidades económicas, el banco no es la primera opción. En muchos casos, tampoco lo son otras fuentes formales o semiformales de crédito.

La economía mexicana se sostiene, en buena medida, con capital propio, reinversión diaria, acuerdos con proveedores, redes familiares y capacidad de resistencia.

Eso explica parte de su flexibilidad.

También revela una limitación estructural.

El crédito bancario pesa, pero solo entre quienes sí logran financiarse.

Entre las unidades económicas que sí obtuvieron crédito o financiamiento, los bancos fueron la principal fuente individual, con 44.4%, de acuerdo con los resultados definitivos de los Censos Económicos 2024.

Esa cifra debe leerse con cuidado.

No significa que 44.4% de todos los negocios mexicanos tenga crédito bancario. Significa que, dentro del pequeño grupo que sí consiguió algún tipo de financiamiento, menos de la mitad recurrió a bancos. La diferencia importa.

Primero está el universo completo de unidades económicas. De ese universo, solo una minoría obtuvo financiamiento. Después, dentro de esa minoría, los bancos aparecen como la fuente más frecuente.

Una lectura rápida puede llevar a pensar que México está parcialmente bancarizado. Una lectura más completa muestra otra cosa: el país tiene una enorme base de negocios que opera sin crédito, sin margen financiero y con pocas herramientas para invertir, resistir crisis o crecer.

Te recomiendo ver esta grafica en Latinometrics

¿Cuál es nuestra situación a nivel local?"

En el mapa nacional, Coahuila aparece entre las entidades donde más peso tiene la banca entre los negocios que sí obtuvieron financiamiento, pero dentro de un país con poco financiamiento.

De acuerdo con los Censos Económicos 2024, las entidades con mayor porcentaje de unidades económicas financiadas mediante bancos fueron: Nuevo León, con 62.4%; Baja California Sur, con 59.2%; Coahuila y Tamaulipas, con 58.4%; Baja California, con 58.0%.

El dato coloca a Coahuila en la parte alta del país.

Tiene sentido. El estado cuenta con una economía más integrada a sectores formales: industria manufacturera, exportación, proveeduría, empresas medianas y grandes, empleo registrado y cadenas productivas que suelen tener mayor relación con instituciones financieras.

Si quieres leer mas sobre el empleo formal en Coahuila, lee esto.

Estar arriba en ese indicador no significa que la mayoría de los negocios coahuilenses tenga crédito bancario. Significa que entre las unidades económicas que sí lograron obtener financiamiento, la banca aparece con más frecuencia que en otros estados.

Esa precisión evita una conclusión equivocada.

Coahuila puede estar mejor posicionado en el uso relativo de bancos, pero forma parte de un país donde el acceso al financiamiento empresarial sigue siendo limitado, desigual y muy condicionado por el tamaño, la formalidad y la capacidad administrativa del negocio.

Una empresa integrada a una cadena industrial puede tener estados financieros, historial, garantías, facturación comprobable y relación bancaria.

Un negocio familiar opera en otra realidad.

Una tienda, una fonda, un taller, una estética, una papelería, una carpintería o un pequeño comercio no siempre tiene contabilidad formal, historial crediticio o garantías suficientes. A veces tampoco tiene tiempo, asesoría o estructura administrativa para pasar por un proceso bancario.

Para ese mundo, el financiamiento suele venir de otro lado... Y muchas veces no llega.

El crédito no solo compra dinero: compra margen.

El financiamiento no sirve únicamente para tener liquidez.; es, en realidad, el amortiguador estructural de una empresa. Es la herramienta que permite absorber el impacto de una temporada baja, anticipar inventario, modernizar la infraestructura tecnológica o sostener la operación mientras se concretan las cuentas por cobrar.

Cuando un negocio no tiene acceso a crédito, no solo tiene menos dinero.

Tiene menos margen de maniobra.

Ese margen puede ser la diferencia entre crecer y quedarse igual. Entre formalizarse o seguir operando en pequeño. Entre invertir o sobrevivir con lo mínimo. Entre resistir una crisis o bajar la cortina.

Por eso el financiamiento empresarial no es un asunto exclusivo de bancos. Es un tema de productividad, empleo y desarrollo económico.

Un país donde la mayoría de los negocios opera sin financiamiento externo es un país donde buena parte de la economía crece con límites. No necesariamente por falta de esfuerzo, sino por falta de herramientas.

El pequeño negocio mexicano suele compensar con trabajo lo que no obtiene en crédito. Extiende jornadas. Reinvierte lo poco que queda. Pide apoyo familiar. Compra a plazos con proveedores. Reduce costos y aguanta.. pero resistir no es lo mismo que crecer.

La informalidad está en el centro del problema.

La dificultad de acceso al financiamiento no puede separarse de la informalidad.

Los Censos Económicos 2024 registraron 3.5 millones de unidades económicas informales en 2023, equivalentes a 64.3% del total. Es decir, casi dos de cada tres unidades económicas del país operaban en condiciones de informalidad.

Ese dato ayuda a explicar por qué el crédito no llega de forma amplia.

Un negocio informal suele tener más obstáculos para acceder al sistema financiero. Puede no contar con contabilidad clara, comprobantes suficientes, historial fiscal, garantías, estados financieros o una relación estable con instituciones bancarias.

Para el banco, evaluar ese negocio es más difícil. Para el negocio, cumplir con los requisitos puede ser costoso, confuso o simplemente inviable.

Un negocio informal no accede fácilmente a crédito. Sin crédito, le cuesta invertir. Sin inversión, le cuesta crecer. Si no crece, le cuesta formalizarse. Y si no se formaliza, sigue lejos del crédito.

La informalidad no solo significa menor recaudación o falta de prestaciones laborales. También significa menor capacidad de inversión, menor productividad y menor posibilidad de construir empresas más sólidas.

El problema no se resuelve con el discurso simplista de que los negocios “deberían formalizarse”. La narrativa convencional suele criminalizar la informalidad asumiendo que es una simple cuestión de evasión fiscal, ignorando una realidad estructural: operar en la formalidad en México es un deporte de alto rendimiento burocrático.

Ser un negocio formal va mucho más allá de la voluntad de pagar impuestos, pues implica enfrentarse a una arquitectura institucional y legal que resulta prohibitiva para el emprendedor promedio. El proceso exige navegar un ecosistema fragmentado y punitivo: altas en el SAT, cuotas obrero-patronales del IMSS, licencias de funcionamiento municipales, dictámenes de uso de suelo, permisos de Protección Civil y la carga de las declaraciones mensuales.

A esto se le conoce como el "costo de cumplimiento", pero para un micro o pequeño empresario, el tiempo, la energía y el capital que debe destinar a contadores y gestores para simplemente existir dentro de la ley, a menudo asfixian la operación antes de que el negocio sea verdaderamente rentable. En la práctica, el Estado le exige a la taquería de la esquina, a la ferretería de barrio o al taller mecánico que cumplan con una estructura legal diseñada para grandes corporativos, pero operando con los recursos de un autoempleado.

Si a este laberinto administrativo le sumamos que estas unidades económicas no tienen acceso a financiamiento para amortiguar el costo de la transición, el salto a la formalidad se vuelve no solo difícil, sino financieramente inviable.

Cuando las empresas son más grandes, el banco sí aparece.

La Encuesta Nacional de Financiamiento de las Empresas 2024, elaborada por INEGI y la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, permite ver otra parte del fenómeno.

A diferencia de los Censos Económicos, la ENAFIN observa empresas privadas no financieras con seis o más personas ocupadas, ubicadas en localidades de 50 mil habitantes o más. Es decir, mide un universo más estructurado que el conjunto total de unidades económicas del paí y su objetivo es documentar necesidades, fuentes, condiciones de acceso, uso... y barreras al financiamiento empresarial.

En ese universo, la banca aparece con mucha más fuerza. De acuerdo con la ENAFIN 2024, 45.9% de las empresas reportó haber tenido financiamiento en alguna ocasión desde el inicio de operaciones. Entre las empresas que solicitaron financiamiento entre 2022 y 2024, 82.8% acudió a bancos o banca comercial; después aparecen proveedores, con 28.5%, y familiares o amistades, con 12.7%.

La diferencia entre ambas mediciones es reveladora.

Cuando se observa a empresas más grandes, urbanas y con mayor estructura, el banco aparece como fuente central de financiamiento. Pero cuando se mira el universo completo de unidades económicas, el acceso al crédito es mucho más reducido.

La banca funciona mejor para quienes ya tienen cierto tamaño, historial, formalidad y capacidad administrativa. El problema está en quienes quedan antes de esa frontera.

Las cajas populares y el financiamiento alternativo no son folclor.

Cuando el banco no llega, la economía no se detiene, pues aparecen las cajas populares, cooperativas, tandas, préstamos familiares, crédito de proveedores, socios, amistades y, en algunos casos, prestamistas privados...

No todo ese financiamiento es igual. Una caja popular regulada no es lo mismo que un préstamo informal con condiciones abusivas. Un proveedor que ofrece plazo de pago no es lo mismo que un agiotista. Un familiar que presta dinero no opera bajo la misma lógica que una institución financiera, pero todos esos mecanismos existen por una razón: cubren necesidades que el sistema bancario tradicional no atiende de forma suficiente.

En muchos casos, estos esquemas son más cercanos, más rápidos y más comprensibles para pequeños negocios. Funcionan con confianza, relación personal, conocimiento del entorno y montos más accesibles.

También tienen límites, por que depender de redes familiares, de acuerdos verbales, de relaciones comerciales frágiles o de recursos pequeños, es peligroso. Estos tipos de financiamiento pueden resolver una emergencia, pero no necesariamente financiar una expansión.

En fin, el financiamiento alternativo sostiene a muchos negocios, pero también revela la distancia entre la economía real y el sistema financiero formal.

Dos economías conviven en el mismo país. Una puede pedir crédito, negociar tasas, usar banca digital, presentar estados financieros, acceder a líneas de financiamiento y planear inversiones a mediano plazo.

La otra trabaja con lo que tiene: Compra inventario con ahorros. Pide prestado a familiares. Negocia plazos con proveedores. Entra a una tanda. Recurre a una caja popular. Usa el dinero del día para sostener la semana.

Las dos economías pueden estar en la misma ciudad, incluso en la misma calle.

De un lado, una empresa integrada a una cadena productiva con acceso a banca, crédito comercial o factoraje. Del otro, un negocio familiar que depende de vender bien este mes para poder surtir el siguiente.

Ambos producen, emplean y forman parte de la economía, pero no juegan con las mismas herramientas.

Por eso el acceso al financiamiento importa. Porque marca una frontera silenciosa entre los negocios que pueden crecer con apoyo financiero y los que deben crecer únicamente con esfuerzo propio.

Coahuila aparece relativamente mejor posicionado por el peso de la banca entre las unidades económicas que sí obtuvieron financiamiento. Pero el desafío de fondo sigue siendo nacional y también local: cómo acercar crédito útil, seguro y accesible a los pequeños negocios que no forman parte de las grandes cadenas productivas.

Este vacío estructural representa el escenario perfecto para la consolidación de las Fintech en México. Estas plataformas, que han ganado un terreno sin precedentes en los últimos años, tienen la ventaja tecnológica para evaluar el riesgo con métricas alternativas y menores fricciones. Son ellas las que están en posición de democratizar el crédito y darle a estos negocios el margen de maniobra que el sistema tradicional les ha negado.

El país de los negocios sin crédito.

México no es un país sin iniciativa empresarial. Es un país lleno de negocios pequeños, familiares, informales o de baja escala que producen, venden, emplean y sostienen economías locales todos los días.

El problema es que demasiados lo hacen sin crédito, sin colchón y sin herramientas financieras suficientes para crecer. Por eso es importante que propuestas como las que presentó la Senadora Cecilia Guadiana, prosperen.

La Senadora Cecilia Guadiana promueve clases financieras desde el periodo escolar.

México: el país de los negocios sin crédito. En México, apenas una minoría de unidades económicas obtiene financiamiento para operar. Coahuila aparece entre los estados donde más pesa la banca, pero el dato nacional revela una economía que todavía crece, resiste y sobrevive por fuera del crédito formal.

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En México, la mayoría de los negocios no se financia en bancos.

La mayoría ni siquiera se financia con crédito de ningún tipo.

No hablamos solo de préstamos bancarios. Hablamos también de cajas populares, proveedores, familiares, amistades, socios, gobierno, prestamistas, casas de empeño, FinTech u otras fuentes de financiamiento.

La información más reciente disponible, publicada en 2025 por el INEGI, muestra una de las paradojas centrales de la economía mexicana: el país tiene millones de negocios, pero muy pocos acceden a financiamiento para operar.

De acuerdo con los Censos Económicos 2024, que describen la actividad económica de los establecimientos durante 2023, apenas 10.8% de las unidades económicas obtuvo crédito o financiamiento para su operación.

Dicho de otra forma: casi nueve de cada diez unidades económicas no reportaron haber recibido financiamiento de ningún tipo, ni bancario ni alternativo, para sostener su operación.

Ese dato cambia la conversación.

El problema no es solamente que los negocios mexicanos usen poco crédito bancario. Es más profundo: la mayoría opera fuera del financiamiento externo. Para millones de unidades económicas, el banco no es la primera opción. En muchos casos, tampoco lo son otras fuentes formales o semiformales de crédito.

La economía mexicana se sostiene, en buena medida, con capital propio, reinversión diaria, acuerdos con proveedores, redes familiares y capacidad de resistencia.

Eso explica parte de su flexibilidad.

También revela una limitación estructural.

El crédito bancario pesa, pero solo entre quienes sí logran financiarse. Entre las unidades económicas que sí obtuvieron crédito o financiamiento, los bancos fueron la principal fuente individual, con 44.4%, de acuerdo con los resultados definitivos de los Censos Económicos 2024.

Esa cifra debe leerse con cuidado.

No significa que 44.4% de todos los negocios mexicanos tenga crédito bancario. Significa que, dentro del pequeño grupo que sí consiguió algún tipo de financiamiento, menos de la mitad recurrió a bancos. La diferencia importa.

Primero está el universo completo de unidades económicas. De ese universo, solo una minoría obtuvo financiamiento. Después, dentro de esa minoría, los bancos aparecen como la fuente más frecuente.

Una lectura rápida puede llevar a pensar que México está parcialmente bancarizado. Una lectura más completa muestra otra cosa: el país tiene una enorme base de negocios que opera sin crédito, sin margen financiero y con pocas herramientas para invertir, resistir crisis o crecer.

Te recomiendo ver esta grafica en Latinometrics Te recomiendo ver esta grafica en Latinometrics Latinometrics ¿Cuál es nuestra situación a nivel local?" En el mapa nacional, Coahuila aparece entre las entidades donde más peso tiene la banca entre los negocios que sí obtuvieron financiamiento, pero dentro de un país con poco financiamiento.

De acuerdo con los Censos Económicos 2024, las entidades con mayor porcentaje de unidades económicas financiadas mediante bancos fueron:

Nuevo León, con 62.4%; Baja California Sur, con 59.2%; Coahuila y Tamaulipas, con 58.4%; Baja California, con 58.0%. El dato coloca a Coahuila en la parte alta del país.

Tiene sentido. El estado cuenta con una economía más integrada a sectores formales: industria manufacturera, exportación, proveeduría, empresas medianas y grandes, empleo registrado y cadenas productivas que suelen tener mayor relación con instituciones financieras.

Si quieres leer mas sobre el empleo formal en Coahuila, lee esto.

Estar arriba en ese indicador no significa que la mayoría de los negocios coahuilenses tenga crédito bancario. Significa que entre las unidades económicas que sí lograron obtener financiamiento, la banca aparece con más frecuencia que en otros estados.

Esa precisión evita una conclusión equivocada.

Coahuila puede estar mejor posicionado en el uso relativo de bancos, pero forma parte de un país donde el acceso al financiamiento empresarial sigue siendo limitado, desigual y muy condicionado por el tamaño, la formalidad y la capacidad administrativa del negocio.

Una empresa integrada a una cadena industrial puede tener estados financieros, historial, garantías, facturación comprobable y relación bancaria.

Un negocio familiar opera en otra realidad.

Una tienda, una fonda, un taller, una estética, una papelería, una carpintería o un pequeño comercio no siempre tiene contabilidad formal, historial crediticio o garantías suficientes. A veces tampoco tiene tiempo, asesoría o estructura administrativa para pasar por un proceso bancario.

Para ese mundo, el financiamiento suele venir de otro lado... Y muchas veces no llega.

El crédito no solo compra dinero: compra margen. El financiamiento no sirve únicamente para tener liquidez.; es, en realidad, el amortiguador estructural de una empresa. Es la herramienta que permite absorber el impacto de una temporada baja, anticipar inventario, modernizar la infraestructura tecnológica o sostener la operación mientras se concretan las cuentas por cobrar.

Cuando un negocio no tiene acceso a crédito, no solo tiene menos dinero.

Tiene menos margen de maniobra.

Ese margen puede ser la diferencia entre crecer y quedarse igual. Entre formalizarse o seguir operando en pequeño. Entre invertir o sobrevivir con lo mínimo. Entre resistir una crisis o bajar la cortina.

Por eso el financiamiento empresarial no es un asunto exclusivo de bancos. Es un tema de productividad, empleo y desarrollo económico.

Un país donde la mayoría de los negocios opera sin financiamiento externo es un país donde buena parte de la economía crece con límites. No necesariamente por falta de esfuerzo, sino por falta de herramientas.

El pequeño negocio mexicano suele compensar con trabajo lo que no obtiene en crédito. Extiende jornadas. Reinvierte lo poco que queda. Pide apoyo familiar. Compra a plazos con proveedores. Reduce costos y aguanta.. pero resistir no es lo mismo que crecer.

La informalidad está en el centro del problema. La dificultad de acceso al financiamiento no puede separarse de la informalidad.

Los Censos Económicos 2024 registraron 3.5 millones de unidades económicas informales en 2023, equivalentes a 64.3% del total. Es decir, casi dos de cada tres unidades económicas del país operaban en condiciones de informalidad.

Ese dato ayuda a explicar por qué el crédito no llega de forma amplia.

Un negocio informal suele tener más obstáculos para acceder al sistema financiero. Puede no contar con contabilidad clara, comprobantes suficientes, historial fiscal, garantías, estados financieros o una relación estable con instituciones bancarias.

Para el banco, evaluar ese negocio es más difícil. Para el negocio, cumplir con los requisitos puede ser costoso, confuso o simplemente inviable.

Un negocio informal no accede fácilmente a crédito. Sin crédito, le cuesta invertir. Sin inversión, le cuesta crecer. Si no crece, le cuesta formalizarse. Y si no se formaliza, sigue lejos del crédito.

La informalidad no solo significa menor recaudación o falta de prestaciones laborales. También significa menor capacidad de inversión, menor productividad y menor posibilidad de construir empresas más sólidas.

El problema no se resuelve con el discurso simplista de que los negocios “deberían formalizarse”. La narrativa convencional suele criminalizar la informalidad asumiendo que es una simple cuestión de evasión fiscal, ignorando una realidad estructural: operar en la formalidad en México es un deporte de alto rendimiento burocrático.

Ser un negocio formal va mucho más allá de la voluntad de pagar impuestos, pues implica enfrentarse a una arquitectura institucional y legal que resulta prohibitiva para el emprendedor promedio. El proceso exige navegar un ecosistema fragmentado y punitivo: altas en el SAT, cuotas obrero-patronales del IMSS, licencias de funcionamiento municipales, dictámenes de uso de suelo, permisos de Protección Civil y la carga de las declaraciones mensuales.

A esto se le conoce como el "costo de cumplimiento", pero para un micro o pequeño empresario, el tiempo, la energía y el capital que debe destinar a contadores y gestores para simplemente existir dentro de la ley, a menudo asfixian la operación antes de que el negocio sea verdaderamente rentable. En la práctica, el Estado le exige a la taquería de la esquina, a la ferretería de barrio o al taller mecánico que cumplan con una estructura legal diseñada para grandes corporativos, pero operando con los recursos de un autoempleado.

Si a este laberinto administrativo le sumamos que estas unidades económicas no tienen acceso a financiamiento para amortiguar el costo de la transición, el salto a la formalidad se vuelve no solo difícil, sino financieramente inviable.

Cuando las empresas son más grandes, el banco sí aparece. La Encuesta Nacional de Financiamiento de las Empresas 2024, elaborada por INEGI y la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, permite ver otra parte del fenómeno.

A diferencia de los Censos Económicos, la ENAFIN observa empresas privadas no financieras con seis o más personas ocupadas, ubicadas en localidades de 50 mil habitantes o más. Es decir, mide un universo más estructurado que el conjunto total de unidades económicas del paí y su objetivo es documentar necesidades, fuentes, condiciones de acceso, uso... y barreras al financiamiento empresarial.

En ese universo, la banca aparece con mucha más fuerza. De acuerdo con la ENAFIN 2024, 45.9% de las empresas reportó haber tenido financiamiento en alguna ocasión desde el inicio de operaciones. Entre las empresas que solicitaron financiamiento entre 2022 y 2024, 82.8% acudió a bancos o banca comercial; después aparecen proveedores, con 28.5%, y familiares o amistades, con 12.7%.

La diferencia entre ambas mediciones es reveladora.

Cuando se observa a empresas más grandes, urbanas y con mayor estructura, el banco aparece como fuente central de financiamiento. Pero cuando se mira el universo completo de unidades económicas, el acceso al crédito es mucho más reducido.

La banca funciona mejor para quienes ya tienen cierto tamaño, historial, formalidad y capacidad administrativa. El problema está en quienes quedan antes de esa frontera.

Las cajas populares y el financiamiento alternativo no son folclor. Cuando el banco no llega, la economía no se detiene, pues aparecen las cajas populares, cooperativas, tandas, préstamos familiares, crédito de proveedores, socios, amistades y, en algunos casos, prestamistas privados...

No todo ese financiamiento es igual. Una caja popular regulada no es lo mismo que un préstamo informal con condiciones abusivas. Un proveedor que ofrece plazo de pago no es lo mismo que un agiotista. Un familiar que presta dinero no opera bajo la misma lógica que una institución financiera, pero todos esos mecanismos existen por una razón: cubren necesidades que el sistema bancario tradicional no atiende de forma suficiente.

En muchos casos, estos esquemas son más cercanos, más rápidos y más comprensibles para pequeños negocios. Funcionan con confianza, relación personal, conocimiento del entorno y montos más accesibles.

También tienen límites, por que depender de redes familiares, de acuerdos verbales, de relaciones comerciales frágiles o de recursos pequeños, es peligroso. Estos tipos de financiamiento pueden resolver una emergencia, pero no necesariamente financiar una expansión.

En fin, el financiamiento alternativo sostiene a muchos negocios, pero también revela la distancia entre la economía real y el sistema financiero formal.

Dos economías conviven en el mismo país. Una puede pedir crédito, negociar tasas, usar banca digital, presentar estados financieros, acceder a líneas de financiamiento y planear inversiones a mediano plazo.

La otra trabaja con lo que tiene:

Compra inventario con ahorros. Pide prestado a familiares. Negocia plazos con proveedores. Entra a una tanda. Recurre a una caja popular. Usa el dinero del día para sostener la semana. Las dos economías pueden estar en la misma ciudad, incluso en la misma calle.

De un lado, una empresa integrada a una cadena productiva con acceso a banca, crédito comercial o factoraje. Del otro, un negocio familiar que depende de vender bien este mes para poder surtir el siguiente.

Ambos producen, emplean y forman parte de la economía, pero no juegan con las mismas herramientas.

Por eso el acceso al financiamiento importa. Porque marca una frontera silenciosa entre los negocios que pueden crecer con apoyo financiero y los que deben crecer únicamente con esfuerzo propio.

Coahuila aparece relativamente mejor posicionado por el peso de la banca entre las unidades económicas que sí obtuvieron financiamiento. Pero el desafío de fondo sigue siendo nacional y también local: cómo acercar crédito útil, seguro y accesible a los pequeños negocios que no forman parte de las grandes cadenas productivas.

Este vacío estructural representa el escenario perfecto para la consolidación de las Fintech en México. Estas plataformas, que han ganado un terreno sin precedentes en los últimos años, tienen la ventaja tecnológica para evaluar el riesgo con métricas alternativas y menores fricciones. Son ellas las que están en posición de democratizar el crédito y darle a estos negocios el margen de maniobra que el sistema tradicional les ha negado.

El país de los negocios sin crédito. México no es un país sin iniciativa empresarial. Es un país lleno de negocios pequeños, familiares, informales o de baja escala que producen, venden, emplean y sostienen economías locales todos los días.

El problema es que demasiados lo hacen sin crédito, sin colchón y sin herramientas financieras suficientes para crecer. Por eso es importante que propuestas como las que presentó la Senadora Cecilia Guadiana, prosperen.

La economía mexicana no se mueve únicamente desde los bancos. También se mueve desde la caja del negocio, la familia, los proveedores, las cajas populares, los socios y las redes de confianza. Esa capacidad de adaptación explica parte de la resistencia de millones de negocios, pero también muestra una debilidad estructural: cuando crecer depende casi exclusivamente del esfuerzo propio, el crecimiento se vuelve más lento, más desigual y más vulnerable.

México tiene millones de negocios.

Muy pocos acceden a crédito.

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