México venderá seis veces más azúcar a Estados Unidos. En Coahuila, la pregunta es quién tendrá que comprarla más cara.
Autor: Gerardo Garza Castilla
El nuevo acceso al mercado estadounidense puede aliviar el excedente que deprimió los precios de los ingenios y cañeros. Pero también devuelve poder de negociación a los productores frente a grandes compradores industriales, desde embotelladoras hasta panaderías. Coahuila no cultiva la caña: consume, transforma y distribuye el azúcar.
Coahuila no tiene grandes cañaverales. No tiene ingenios azucareros ni una economía rural construida alrededor de la zafra.
Tiene, en cambio, plantas embotelladoras, fabricantes de alimentos, panaderías, pastelerías, restaurantes, tiendas, centros de distribución y miles de negocios que compran azúcar para transformarla o revenderla.
Por eso, el anuncio de que Estados Unidos podría importar seis veces más azúcar mexicana durante el próximo ciclo no deja a Coahuila fuera de la historia. Solamente lo coloca del otro lado de la operación.
Los principales beneficiarios estarán en los estados donde se corta la caña y se muele el azúcar. En Coahuila, la pregunta será otra:
¿Qué ocurre con quienes compran el producto cuando aparece un cliente extranjero dispuesto a pagar más por él?
La respuesta todavía no está escrita. México produce suficiente azúcar para cubrir su consumo nacional y exportar excedentes. Pero la reapertura del mercado más rentable para los ingenios puede alterar precios, contratos y condiciones de abasto para compradores industriales y pequeños negocios.
Entre ellos está Arca Continental, una de las mayores embotelladoras de Coca-Cola del mundo y una compañía con operación histórica en Saltillo.
La empresa identifica al azúcar como una de sus materias primas centrales y reconoce en sus reportes financieros que su costo puede afectar directamente el negocio de bebidas. La noticia que el Gobierno federal presenta como una victoria para 170 mil productores también puede convertirse, así, en una prueba para una cadena de compradores mucho más extensa.
Estados Unidos vuelve porque necesita azúcar.
La Presidencia de México anunció que Estados Unidos calcula una necesidad de azúcar mexicana 512 por ciento mayor para el ciclo 2026-2027 que para la temporada en curso.
El volumen previsto equivale a aproximadamente 1 millón 152 mil toneladas métricas, frente a unas 188 mil toneladas físicas durante el ciclo actual. El Gobierno estima que la recuperación del acceso puede generar hasta 4 mil 760 millones de pesos adicionales en pagos de los ingenios a cerca de 170 mil productores de caña.
El salto es extraordinario, pero no significa que Estados Unidos haya colocado ya una orden irrevocable por más de un millón de toneladas.
La cifra procede del informe mensual de oferta y demanda del Departamento de Agricultura estadounidense, el WASDE. El reporte es considerado una referencia central para los mercados agrícolas, pero sigue siendo una proyección que puede modificarse conforme cambian la producción, el consumo y los inventarios.
El mecanismo tampoco funciona como una exportación libre.
Desde las disputas comerciales de 2014, el azúcar mexicana entra a Estados Unidos bajo acuerdos que administran precios mínimos, características del producto y límites de volumen. Washington calcula cuánto azúcar necesita del exterior y, con base en esa estimación, determina el espacio disponible para México.
Eso explica por qué el acceso puede pasar de cerca de un millón de toneladas en años normales a solamente 180 mil en una temporada particularmente restrictiva.
Juan Cortina Gallardo, representante del Consejo Nacional Agropecuario, describió el desplome pocas semanas antes del nuevo anuncio:
“En los últimos años pasamos de una cuota promedio de un millón de toneladas a apenas unas 180 mil toneladas métricas este año” — Juan Cortina Gallardo
La reducción obligó a los ingenios a colocar parte de su excedente en otros mercados a precios inferiores a los que habrían obtenido en Estados Unidos. También deprimió los precios dentro de México, según representantes del sector entrevistados por Reuters.
El problema mexicano no era que faltara azúcar.
Era que sobraba producto y faltaba un comprador rentable.
Ahora ese comprador vuelve.
El azúcar no vale lo mismo en todos los mercados.
Una tonelada de azúcar no necesariamente genera el mismo ingreso si se vende en México, en Estados Unidos o en el mercado mundial.
Estados Unidos protege su industria mediante controles a las importaciones y mecanismos de apoyo que mantienen sus precios por encima de las referencias internacionales en distintos periodos. Para los ingenios mexicanos, conseguir espacio en ese mercado puede resultar considerablemente más atractivo que liquidar excedentes en otros países.
Esa diferencia termina influyendo en el precio de referencia con el que se paga la caña.
La expectativa del Gobierno mexicano es que el mayor valor de las exportaciones se traduzca en 4 mil 760 millones de pesos adicionales para los productores. No sería un subsidio pagado por la Federación, sino un mayor ingreso generado por ventas potencialmente más rentables.
Para el campo cañero, la lógica es clara: recuperar Estados Unidos reduce la necesidad de vender barato.
Para los compradores nacionales, el efecto es más complicado.
Durante la temporada actual, los ingenios tenían azúcar excedente y pocas salidas atractivas. Esa condición debilitaba su capacidad para negociar precios. Si ahora pueden enviar una parte considerable de su producción a Estados Unidos, recuperan una alternativa.
Eso no significa automáticamente que el azúcar subirá en Coahuila. Significa que las condiciones que contribuyeron a deprimirla pueden empezar a desaparecer.
La pregunta coahuilense está dentro de una botella.
Arca Continental es el punto más evidente de conexión entre la reapertura estadounidense y la economía de Coahuila.
La empresa produce, vende y distribuye bebidas de Coca-Cola en el norte y occidente de México, además de operar en otros países. Saltillo forma parte de su historia industrial y comercial desde antes de la creación de la actual corporación.
En sus reportes al mercado, la compañía ha identificado al azúcar como una de las principales materias primas para la producción de refrescos. También advierte que los cambios en su precio, junto con otros insumos, impuestos y variaciones en la demanda, pueden afectar sus resultados.
La exposición de una embotelladora, sin embargo, no puede calcularse solamente contando botellas.
No todas las bebidas usan azúcar. El portafolio incluye productos sin calorías, versiones reducidas y bebidas endulzadas con otras sustancias. Las empresas grandes también suelen negociar mediante compras consolidadas, intermediarios especializados y contratos que reducen su exposición inmediata a las fluctuaciones del mercado.
Un reporte histórico de Arca detalló que sus requerimientos de azúcar eran abastecidos a través de Promesa, una empresa vinculada a embotelladores de Coca-Cola que funcionaba como intermediaria con los ingenios para aprovechar el volumen conjunto de compra. La estructura actual de contratación tendría que confirmarse con la empresa, pero el antecedente muestra la enorme diferencia entre cómo compra azúcar una embotelladora y cómo lo hace una panadería de colonia.
La gran compañía puede negociar toneladas, proveedores y plazos.
El pequeño negocio compra costales.
Dos gobiernos dentro de la misma cucharada.
La recuperación de las exportaciones crea una paradoja.
El Gobierno celebra que Estados Unidos vaya a consumir más azúcar mexicana porque eso puede mejorar el ingreso de los cañeros. Al mismo tiempo, las autoridades sanitarias llevan años intentando reducir el consumo de azúcar dentro del país, especialmente a través de bebidas.
No es necesariamente una contradicción económica.
México puede producir azúcar para exportarla y, al mismo tiempo, buscar que la población consuma menos. De hecho, enviar el excedente al exterior puede aliviar la presión interna sin exigir que los mexicanos absorban toda la producción.
Pero para las embotelladoras plantea una decisión empresarial relevante.
Mientras los ingenios recuperan un mercado mejor pagado, la industria de bebidas enfrenta impuestos, advertencias sanitarias y consumidores que migran gradualmente hacia presentaciones sin azúcar.
El resultado puede ser una separación cada vez mayor entre dos mercados: más azúcar mexicana destinada a Estados Unidos; menos azúcar incorporada a determinados productos vendidos en México.
En ese escenario, la apertura estadounidense no necesariamente elevaría de forma drástica el costo total de una empresa como Arca Continental. Una embotelladora puede responder reformulando productos, promoviendo versiones sin azúcar, ajustando presentaciones o utilizando distintos esquemas de abastecimiento.
Las panaderías, pastelerías y fabricantes artesanales tienen menos margen para hacerlo.
Una concha sin azúcar deja de ser la misma concha.
El posible impacto no empieza en Coca-Cola.
La industria alimentaria no se reduce a las grandes plantas.
El DENUE del INEGI registra establecimientos dedicados a la elaboración de pan, pasteles, dulces, helados, bebidas y otros productos que utilizan endulzantes. El directorio nacional reúne más de seis millones de unidades económicas y permite observar la amplitud de esta cadena en cada entidad y municipio.
En Coahuila, el azúcar llega a negocios con tamaños y capacidades completamente distintas: una planta embotelladora puede adquirirla mediante compras nacionales consolidadas; una fábrica de alimentos puede pactar precios con distribuidores; una cadena de panaderías puede negociar por volumen; una pastelería independiente compra a un mayorista; un vendedor de aguas frescas paga el precio disponible esa semana.
Esa diferencia importa más que el volumen total.
Para un gran fabricante, el azúcar es una materia prima dentro de una estructura de costos compleja. Para una pequeña pastelería puede ser uno de los insumos que más rápido se reflejan en el precio de cada producto.
El posible efecto tampoco debe medirse únicamente con la etiqueta del supermercado.
El precio minorista incluye empaque, transporte, distribución, almacenamiento y márgenes comerciales. El movimiento puede aparecer antes en el azúcar vendida a granel o por costal que en las presentaciones de uno o dos kilos dirigidas al consumidor.
Ahí está la primera tarea para una investigación local: comparar cuánto pagaban los negocios de Saltillo, Torreón, Monclova y Piedras Negras hace un año, cuánto pagan ahora y qué condiciones les ofrecen sus proveedores para los próximos meses.
Más exportación no significa necesariamente desabasto.
La hipótesis más alarmista sería decir que Estados Unidos se llevará el azúcar y dejará a México sin producto.
Los datos disponibles no sostienen eso.
México produce varios millones de toneladas por temporada, cubre su consumo nacional y normalmente genera un excedente exportable. El propósito del nuevo acceso estadounidense es precisamente colocar una parte de ese sobrante en un mercado más conveniente.
La discusión seria no es si desaparecerá el azúcar de los anaqueles.
Es si la exportación de buena parte del excedente cambia el equilibrio de negociación dentro del país.
Una industria con inventarios abundantes y dificultades para exportar suele tener menos capacidad para sostener precios. Una industria que recupera a su principal comprador puede defenderlos mejor.
La diferencia entre esos dos escenarios es donde puede encontrarse el impacto para Coahuila.
Los primeros ganadores y los últimos en enterarse.
Los beneficios directos del anuncio estarán lejos de Coahuila.
Llegarán a productores y trabajadores de los estados cañeros, a los ingenios que vuelvan a exportar y a las empresas involucradas en comercializar el producto.
Coahuila entrará después: cuando una planta renueve contratos; cuando un distribuidor modifique su lista de precios; cuando una panadería reciba el siguiente costal; cuando una pastelería decida absorber el incremento o trasladarlo; cuando una bebida cambie de fórmula, presentación o precio.
También podría aparecer en la logística. El azúcar procesada puede moverse por carretera o ferrocarril rumbo a Estados Unidos, pero antes de construir una historia sobre transportistas y aduanas coahuilenses será necesario conocer por dónde cruza realmente el producto.
La proximidad con la frontera no garantiza que las exportaciones salgan por Piedras Negras o Ciudad Acuña. El origen de los ingenios, las conexiones ferroviarias, los destinos estadounidenses y los contratos logísticos pueden llevar la carga por otros corredores.
Esa parte de la historia todavía necesita datos aduanales.
Lo que Arca Continental debe responder.
Para medir el impacto real en Coahuila, Arca Continental tendría que aclarar al menos seis puntos: Cuánta azúcar compra anualmente para sus operaciones en México. Qué parte se utiliza en bebidas producidas o distribuidas en Coahuila. Si sus contratos están ligados al precio nacional, al estadounidense o a otra referencia. Si el nuevo volumen de exportación puede modificar sus costos de abastecimiento. Qué proporción de las bebidas vendidas en la entidad contiene azúcar frente a productos sin azúcar. Si prevé reformulaciones, sustituciones o cambios en las compras para el ciclo 2026-2027.
La empresa no publica de manera desagregada cuánto azúcar utiliza específicamente en Coahuila. Sin ese dato, cualquier estimación local sería especulativa.
Pero su propia documentación confirma que el precio del insumo es una variable material para el negocio.
La nota no termina en el anuncio.
La reapertura estadounidense es una muy buena noticia para los productores cañeros que pasaron una temporada con exportaciones deprimidas y excedentes vendidos a menor precio.
También es una oportunidad política para el Gobierno federal, que puede presentar el resultado como una recuperación del acceso comercial.
Sin embargo, la cadena no termina cuando el azúcar cruza la frontera.
Cada tonelada que vuelve a tener una opción rentable en Estados Unidos deja de estar disponible bajo las mismas condiciones para un comprador nacional. Eso puede no provocar escasez ni un aumento inmediato, pero modifica la relación entre quienes producen y quienes compran.
En Coahuila, la historia no está en el cañaveral.
Está en la planta que embotella, en el tráiler que distribuye, en la bodega que almacena y en el negocio que convierte un costal de azúcar en refrescos, panes, pasteles, helados o dulces.
Estados Unidos calcula que necesitará seis veces más azúcar mexicana.
Ahora falta saber cuánto de esa recuperación terminarán pagando —o absorbiendo— quienes la compran de este lado.